Erdgall. Capitulo 1. El encuentro

“Soy yo de nuevo, bueno, ayer hice una pequeña introducción a mi mundo particular, no es un mundo muy cariñoso, pero es el mío. Ahora os enseño el comienzo de la historia, es solo el principio, habrá mucho más.”

Respiro, con tranquilidad, intento no hacer ruido, si lo hiciera le asustaría, me quedaría sin cenar otro día. Prefiero no hacer eso, quiero comer, tengo hambre demasiado, me estoy  arriesgando. Entrar en los bosques de Mabonish no es una buena idea, alejarme del centro neutral. No debería haberlo hecho, pero ahora que lo hice, debo seguir, no puedo darme la vuelta y perder la presa. Cuando lo cacé, deberé correr, veloz, antes de que me encuentren.

Tenso el arco, cojo aire, lo aguanto en mi pecho y suelto la cuerda. Con un sonido sordo, la flecha viaja hasta el cuerpo del ciervo y le da de pleno en el pecho, tirándolo en el suelo, ya muerto.

Soy rápida, nunca les hago sufrir, pero aunque no me guste necesito comer. No soy como los “picudos” no me puedo alimentar a base de plantas, ni estoy bien si me paso semanas sin comer. Y ya llevo demasiado sin comer.

Voy a por mí presa, a por mí víctima, la cojo deprisa, mirando a mi alrededor. Tengo miedo, bastante, empiezo a oír hojas rompiéndose, y no estoy segura de sí es mi cabeza o de verdad tengo a un picudo detrás de mí.

Con el miedo en el cuerpo cojo, malamente, al ciervo, ato las patas y empiezo a arrastrarlo de vuelta a la linde de la frontera.

Oigo cerca los pasos de alguien, o algo. Si no fuera Fae, las posibilidades que quedan tampoco son muy halagüeñas. En realidad  cualquier criatura que pueda haber en estos bosques me mataría sin piedad ni remordimiento, y además, tendrían todo el derecho de hacerlo. Yo he invadido el territorio, yo debería haberme quedado en casa, en la zona central, en la zona humana.

Es lo malo de Erdgall, los humanos llegamos por un portal que se convirtió en el centro del reino, a su alrededor, erguimos nuestras aldeas, y cuando intentamos expandirnos descubrimos a las criaturas de este reino. Los Fae, esas criaturas que nublan nuestros pensamientos y que nos odian sin motivo. Por eso nos quedamos en la zona neutral, en el centro, en la zona yerman. El Cuadrante Árido, nombre poco original, pero los humanos no destacamos por nuestra imaginación, no hay nada en esas tierras que pueda servir de alimento. Si te acercas un poco a los lados encuentras pequeñas zonas de bosque que no son territorio Fae, pocas, enanas, pero algunas hay.

El Bosque de Samhaimek, mi hogar, el único humano que encontraras en ese bosque, pues yo, ¿por qué? Porque nadie es tan necio como para vivir en la linde de los Boques de Mabonish, excepto yo claro, que mientras no cruce la frontera me siento “segura”. El problema de esto es que no estoy segura, nadie del  Cuadrante lo está, los Fae tienen una única diversión según ellos, cazar. Muchas veces han bajado de sus aldeas, ciudades o lo que sea que tengan y han venido a por nosotros a cazarnos por la noche. Somos pocos, pocos humanos me refiero, todo lo demás, inteligente, son Fae, y no nos quieren aquí.

Los humanos nacimos en otro Mundo, en la Tierra, pero por miedo a no sé qué cambios, muchos de los nuestros encontraron un pasadizo, que llevaba hasta aquí. Hace muchas generaciones de esto, ya nadie recuerda el Mundo Madre, a lo mejor los más ancianos recuerdan a sus abuelos hablar de él.

Los pasos se escuchan más cercanos, noto el aire a mi alrededor espeso. Esa capacidad no es una capacidad de Fae, es de Cuerpoligero, mierda. Los Cuerpoligeros son criaturas temibles, del tamaño de un bisonte que se ha comido a otro, cuernos enormes y mandíbulas fuertes, con cuatro filas de dientes. Tienen la curiosa capacidad de alterar el ambiente, por eso aunque pesen toneladas, parece que se muevan como si solo pesaran unos gramos.

No aguanto más, dejo de ser sigilosa, me da igual que me oigan, eso es mejor que ser la merienda de un Cuerpoligero. Corro, con la cuerda entre mis manos, arrastrando el ciervo detrás de mí, voy más lenta pero después de todo lo que arriesgue no me voy a ir sin mi pieza, vamos que estoy loca pero no llego a tanto.

Veo la frontera con el Bosque de Samhaimek y voy más rápido, aunque me cueste, aunque este sin aliento, solo pensar en casa me hace ir más deprisa, coger velocidad.

Paso la frontera y siento como todo mi cuerpo se relaja, ya no oigo al Cuerpoligero, ni siento espesor en el aire. Todo es tranquilo por fin. Suspiro, lo conseguí, que tranquilidad.

Me dirijo a mi casa, es una pequeña cabaña en el bosque, pero bueno a mí me gusta, estoy sola, cierto, pero estoy tranquila. Al estar alejada del Cuadrante los picudos no me atacan, no sé si porque no les apetece o porque ven la cabaña y no les interesa, la verdad que ni idea, pero bueno mientras no me molesten yo estoy bien.

Oigo un gemido, un suspiro cansado, que no viene de mí. Miro a mi alrededor y no veo nada, pero me fijo un poco mejor y veo algo, un punto negro. Como no tengo instinto de supervivencia alguno me acerco, cogiendo la cuerda sola con una mano y agarrando la daga que le robe a un Otoño.

Me acerco despacio, entrecierro los ojos y veo lo que es. Un hombre, tirado en el suelo, y digo hombre porque es humano, un hombre humano. Ninguno se acerca tanto a la frontera, y este es raro, nunca había visto a nadie vestirse con esa ropa que parece tan incómoda.

Se mueve y por instinto me pongo en posición de ataque, pero no hago nada porque lo único que hace es mover una mano hacia mí y decir con voz rota.

-Ayúdame, por favor.

Se vuelve a desmayar.

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