Mini Historia

Perdón, de verás por no escribir durante tanto tiempo, pero hubo….emmm.,…complicaciones. El caso, eso no es lo importante, lo importante es que vuelvo a escribir y que la historia sigue amigos!

Era de noche, el viento soplaba, y yo estaba sola en la oscuridad. Había vuelto al Bosque, pero no era verdad, no podía ser cierto porque el Bosque seguía igual que cuando me fui, y eso era imposible. Creo que mis sueños querían engañarme para que así no cometiera ninguna locura, pero, ¿que más daba?

Nadie podría salvarme, nadie podría ayudarme, porque el único ser en la tierra capaz de ayudarme estaba tan lejos que ya ni me acordaba de como era el color de sus ojos. Todos los días sentía que estaba sola, tan sola como lo estaba en ese Bosque.

La imagen cambió, ya no era el Bosque perfecto que conocía, si no un horrible lugar, quemado y putrefacto en donde los cadáveres se amontonaban y los animales se cebaban. Los vi, a los Limpios, esos eran los cadáveres. Vi a mi gente, regodeándose de la masacre, disfrutar de la destrucción, como si se hubieran cambiado las tornas y fuéramos nosotros los que fuéramos asesinos cobardes que amabamos la muerte.

Nunca habíamos atacado a los Limpios, no porque nos dieran miedo únicamente, si no porque nuestras creencias nos impedían cualquier acto de maldad hacia otro ser vivo. Y eso era la maldad, la maldad hecha carne.

Sentí ganas de vomitar cuando me llegó el olor de la muerte a la nariz. Creí morir de pena, no conocía a esas personas que se reían, ellos no eran mi pueblo. Quería despertar, seguir con mi rutina, salir de esa pesadilla, pero mi mente no accedía, quería que me quedara a ver el final. Creo que simplemente quería sufrir.

Ya no podía más, las lágrimas saltaban de mis ojos y sentía impotencia porque abría la boca y esta no producía ningún sonido, era como si hubiera desaparecido, entonces lo vi. A él. Al único que podría salvarme, al único al que desearía salvar.

Estaba tumbado, encima de los demás cuerpos, con un corte profundo cubierto de sangre en la garganta y un lobo gris arrancándole las entrañas. Por fin pude gritar.

Me desperté sudorosa y con lágrimas por mis mejillas. Jadeaba y aún sentía el miedo en el cuerpo. Parpadeé muchas veces intentado quitarme esa imagen de la cabeza, pero no podía.

La luna brillaba y no dejé de mirarla durante toda la noche, porque sabía que si cerraba los ojos de nuevo volvería a estar allí. Y eso era algo que no podría soportar. Ese sería el último empujón para poner fin a todo.

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